jueves, 3 de enero de 2008

CUENTACUENTOS 7-1-2008

Cuentacuentos 7-1-2008

Frase de los Duendes "Los muertos no necesitan aspirinas"

Los muertos no necesitan aspirinas y los que las tomamos con frecuencia por motivo de algunos "vivos", tampoco la necesitaríamos, si ellos estuvieran fuera de nuestro mundo.
El 27 de Octubre de 1990, la maestra Carmen, empezó a traumatizarme a mí y a otros alumnos. Quizás podría añadir sin equivocarme, que además también lo hacía con gente fuera del colegio.
Recuerdo la fecha con exactitud, porque hacía poquito que había empezado el nuevo curso y porque ese día me avergonzó delante de toda la clase. Pasé tal apuro, que no creo que la fecha se me pueda olvidar jamás.
Esta mujer estaba como ida. ¿Qué digo ida? Estaba loca de remate. Se comía las uñas, los lápices o su propio pelo. Era tan nerviosa y lo sigue siendo aún, que tenía que tener algo en la boca chupándolo o mordisqueándolo sin parar. Hablaba sola, gritaba como una energúmena o corría por todo el colegio sin motivo de alarma o urgencia que así lo requiriera. Después de comer, se enojaba de forma especial. Nunca he podido saber si es que padecía de estómago o era otra de sus excentricidades para llamar la atención de todo el mundo. Eso no es todo por desgracia. También manipulaba a l@s alumn@s y hacía que fueran a visitar a un amigo o novio que tenía, (que por cierto vivía con ella).
A mí me hizo pasar los peores momentos de mi vida:
Me puso en ridículo delante de todo el colegio, llamó a mi padre para que me llevaran al psicólogo (que por cierto, resultó ser otro psicópata de mucho cuidado), se inventó haberme oído decir que me iba a suicidar y le decía a los padres de mis compañeros que yo era una mala influencia para sus hijos (resultando obvio, que me pasé el curso sin ningún amigo o amiga en la que poder confiar). Creo que eso lo debió hacer con todos, para que los niños no habláramos entre nosotros y pudiéramos llegar a conclusiones que en ese momento por nuestra edad se escapaban de nuestro entendimiento.
Otra chica y yo, la empezamos a llamar como mote "la droga". Al principio sólo se lo llamábamos nosotras dos, pero no tardó mucho tiempo en que la llamara así toda la clase.
Para colmo, descubrí cierto día, que le gustaba mi padre y que trataba de engatusarlo con ciertas artes eróticas que al parecer, dominaba a la perfección. Desde ese día, puse en guardia todos mis sentidos y me puse a vigilarlos de forma desesperada... No quería ni pensar en lo que ocurriría, si también ponía a mi progenitor en mi contra.
Gracias a Dios, mi padre no cayó en sus redes y eso hizo que ella me odiara más si cabía.
Sé de niños a los que ha jodido la vida para siempre (aunque conmigo no pudo).
Lo peor de todo esto, es que en la actualidad sigue dando clase de primaria y eso quiere decir que sigue usando las malas artes y entrañas, porque de no ser así, ya hubiera sido descubierta.
Hoy día, todo el colegio la llama "la droga", pero que yo tenga conocimiento, nadie se ha atrevido a denunciar todas esas cosas que desde siempre ha hecho. Quizás todos los que hemos sido alumnos suyo no estemos preparados para enfrentarnos a que no nos crean y le den preferencia a su detectable e "intachable" expediente y a su saber manipular.
Si al menos, pudiera reunirme con antiguos alumnos y hablar de nuestras experiencias, pero pasado todos estos años, seguimos viéndonos como bichos raros nada convenientes y tomando aspirinas para calmar los dolores de cabeza que nos causa el recuerdo y la impotencia. Así ha ido sucediendo curso tras curso en todos estos años.
La quiero muerta, al menos para la enseñanza y dejar de enriquecer a Bayer con la compra de tantas aspirinas.
Marisela
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jueves, 13 de diciembre de 2007

CUENTACUENTOS 17-12-2007 (ESPECIAL DE NAVIDAD)


Especial de Navidad dedicado a todas las queridas abuelas


No sé el porqué estoy escribiendo un especial de Navidad, cuando ya hace algunos años que no me gustan para nada estas fiestas a las que antes esperaba con la mayor ilusión que se pueda tener en esta vida. Quizás sea que nunca me ha gustado pedir para mí. También puede ser que ya no estén conmigo las personas que más sueños y emociones provocaron en mi hoy pobre y enfermizo corazón.
Cuando era pequeñita, no sé exactamente por qué, pero siempre terminaba llorando el día de Noche Buena y la noche de Fin de Año. Entonces no se puede decir que no sintiera la magia de esos días especiales sino todo lo contrario. Nos reuníamos toda la familia en casa de mis abuelos. Cuando digo toda la familia, me refiero a padres, tíos, primos, hermanos, amigos, vecinos y por supuesto mis abuelos paternos. Los otros, los de la parte materna ya habían muerto hacía tiempo. No llegué a conocerlos en persona, aunque mi madre no dejó de pasar ni un sólo día mientras vivió, sin contarme algunas anécdotas de ellos.
La primera cuestión que recuerdo para que llorara en esos días, era los terribles dolores de muelas que se acentuaban en esas fechas. Creo que eran por los dulces típicos (aunque he de confesar que mi cuerpo siempre ha rechazado el azúcar). Aunque lloraba como ya os he dicho, me sentía inmensamente feliz.
La Noche Buena, no era como ahora ni mucho menos. Recuerdo una en especial, que comimos como todo majar, boniatos asados y un aguachirle de achicoria endulzada con regaliz. No había nada que comer para nadie y con esos alimentos, nos sentíamos las personas más afortunadas del mundo. Eso sí, cuando nos calentamos un poco el estómago con la aún amarga infusión, los mayores de mi familia pusieron todo el empeño en sacar las panderetas, cucharas y algunas botellas antiguas y vacías de anís "La Castellana" (guardadas para la ocasión) y con esos instrumentos, tocamos y cantamos un montón de lindos villancicos, que he intentado transmitir igualmente a mis descendientes, pero los chicos de ahora no tienen tiempo para sus abuelos y sólo prestan atención a las endemoniadas vídeo-consolas, que además de gordos y fofos, lo tienen cegatos perdidos y nerviosos como una vara de acebuche.
También recuerdo la diferencia del Día de Reyes. Entonces aquí a España, sólo venían los Reyes de Oriente. De Papá Noel, no teníamos ni referencia...
Un año, me trajeron un ladrillo coriano, vestido con una toquilla vieja de uno de mis hermanos. Os aseguro que no ha habido ni habrá muñeco más preciado para mí que aquel ladrillo, que cuando se cogía en brazos, parecía un niño de verdad. Otro año, mi padre talló como pudo unos platitos y unas ollitas y los pintó con colores fuertes, brillantes y vivos. No había en el mundo una niña más dichosa que yo con aquella abrupta y destartalada vajilla, que puesta en fila encima de unas piedras, era la mejor y más flamante cocina que nadie haya visto jamás.
Los días previos a la Navidad, eran no menos emocionantes para mí. Todas las mujeres del pueblo se reunían y acudían a la única panadería que había en la población y en cuyo horno, hacían los típicos hojaldres y polvorones, dejando en muchos metros a la redonda de la localidad, un aroma inconfundible a Navidad y contando mientras trabajaban, unas historias maravillosas transmitidas de generación en generación. Además, como no había televisión, tras la cena de Noche Buena, todas las mujeres hacían deliciosos pestiños bañados en una purísima miel de abeja, donde no faltaban las canciones y las risas que aún resuenan en mis oídos después de tantos años.
A las 23:30 horas, ya estaban todos los dulces a buen recaudo en un arca especial para este fin y toda la familia dispuesta para acudir a la Misa del Gallo. En aquel entonces, esto era un acontecimiento social, donde todas las familias del pueblo se daban cita y tras la celebración religiosa, la fiesta continuaba todos juntos en la Iglesia.
Ahora mis nietos no saben siquiera qué es lo que están celebrando. Se cena con la televisión encendida. Se come a lo bruto (no sé porqué hay que comer tanto esa noche), se bebe todavía más. Los nietos mayores se van de guateque, botellona, botellón o cotillón, o como quiera que se llame. Los pequeños directos a la consola como siempre y los mayores, para lo único que se reunen es para presumir del plasma, del coche o del equipo de música, por no hablar de los abrigos de pieles o las joyas que ese día se colocan pese a quien pese.
Los niños reciben regalos el Día de Navidad y el Día de Reyes y no uno, sino a montones, los mismos a los que ni siquiera prestan atención una vez abiertos.
Definitivamente no sé el porqué estoy escribiendo este especial de Navidad, que seguro a nadie interesa y nadie va a leer.


Con mis mejores deseos para que todos pasen este año una Navidad mágica.
Marisela

sábado, 8 de diciembre de 2007

CUENTACUENTOS 10-12-2007


Cuentacuentos 10-12-2007

FRASE DE DULCE LOCURA: “Cuando se quiso dar cuenta, era otra vez otoño”

Cuando se quiso dar cuenta, era otra vez otoño. Había pasado un año desde que se sintió abatida por el acontecer de su vida que no funcionaba todo lo bien que ella quisiera y como había soñado desde que no era más que un renacuajo. Nada resultaba ser como había planeado. No terminaba de encontrar un empleo como a ella le gustaría y para el que con tanto esfuerzo y tiempo se había preparado. En amores, ídem de lo mismo. Todo parecía ser un fracaso para Palmira. Y lo peor de todo, es que no se sentía con ánimo de seguir esperando...
Desde muy pequeñita soñaba con tener quince años. No sabía muy bien porqué precisamente esa edad, quizás tuviera que ver con que todos le decían "la edad de la niña bonita". Ella se ponía los tacones de su madre, se hacía largas trenzas con trapos sobrantes de la costura de su tía, se pintaba los labios, de un color fucsia fuerte y se colgaba un bolso desechado por su progenitora y que ella había adoptado como el mejor de sus juguetes.
Palmira siempre quiso ser una mujer hecha y derecha y como tal, jugó y actuó toda su niñez. Como era la mayor de cinco hermanos, tampoco hubo nadie que se burlara de sus pretensiones de parecer más edad de la que tenía en realidad.
Los años fueron pasando lentamente como si de siglos se tratara para Palmira.
El día de su Primera Comunión, marcó uno de los grandes logros trazados por la niña en su empeño de conseguir ser vista como una muchacha y no como una mocosa. Ese día, todos le decían: "Ya eres toda una mujercita y ahora tiene que ser responsable con tus actos y enseñar a tus hermanos". Esas palabras típicas que se le dicen a todos los niños en esas fechas, a Palmira se le clavaron en su corazón y desde ese mismo momento pasó a convertirse en una segunda madre para sus hermanos.
Entre los ocho y los once años, Palmira vivió una profunda evolución interior, pero exteriormente se consideraba como si fuera invisible. Esos largos años, se sintió menos observada. El protagonismo lo tenían entonces sus hermanos menores.
También se sintió mucho menos influenciada por su madre y por su tía, a las que ella no se perdonaba desairar en ningún momento y a las que consideraba la perfección del género femenino.
Acababa de cumplir los doce años, cuando a Palmira, una mañana como cualquier otra, le bajó su primera regla en el transcurso de una de sus clases. Su madre hacía tiempo que le había explicado que eso sucedería y que a partir de ese momento, sería interiormente toda una mujer. Ese acontecimiento, marcaría que su cuerpo estaba preparado para poder engendrar y parir hijos.
El dolor de vientre y la gran hemorragia que se le presentó, marcó otro de los retos y a la vez fracaso en la vida de Palmira. Su madre habló muy seriamente con ella, le volvió a repetir todo lo que ya sabía, pero añadió que era sólo una niña y que a partir de ese momento tendría que extremar sus cuidados, sobre todo con los chicos que se pegarían a ella como moscas, buscando sólo seducirla y muy especialmente, tendría que tener mucho cuidado con los hombres no tan jóvenes, que si tenían experiencia de la vida y que buscarían tener sexo con ella, engatusándola con palabras de falso amor y con detalles de esos que nos gustan a todas las mujeres.
-Es importante que a partir de ahora, seamos amiga además de madre e hija -dijo la madre a Palmira, con tono serio y solemne, aunque acarició la mejilla de la pequeña y le dió un cariñoso beso en la frente-.
La mamá, le explicó bastante bien, que las relaciones sexuales deben ser por amor, con quién ella decida y cuando ella quiera. Por eso de la importancia de que hubiera confianza entre ambas, porque había medios para impedir quedarse embarazada y porque ella no quería que le hicieran daño con falsas promesas.
Palmira, sintió de pronto mucho miedo hacia la gran responsabilidad que tenía por el simple hecho de haber tenido la regla. Recordó las miradas que en aquel último año, le echaban los chicos en el gimnasio o cuando se ponía a jugar a la goma o a la comba, incluso los profesores la miraban de un modo distinto. Y es que a la adolescente, se le había desarrollado bastante los senos. Se les presentaban ante ella de un modo casi insultante y provocador. Incluso le molestaban, por no hablar del inmenso dolor que había sufrido, especialmente las últimas semanas, que casi no podía aguantar el roce de la ropa.
Los quince llegaron, pero transcurrió casi sin darse cuenta. Tanto esperar, para que no sucediera nada especial, acepto que ante el espejo, Palmira era una hemosísima mujer, donde toda ella desprendía sensualidad e intensos brillos de todos los colores.
Pronto vinieron los dieciocho, los veinte, los veinticinco y sin darse apenas cuenta, llegó el día que cumplió los treinta y uno. Ahora pasaba todo lo contrario, el tiempo en vez de pasar volaba. Se podría decir que el setenta por ciento de su vida había transcurrido en sus doce primeros años. El quince por ciento, en los diez siguiente y conforme se evaporizaban los días, sin apenas sentirlos, el quince por ciento restante, sería mucho más cruel y sin sentido, porque además, los mayores siempre le decían (que el tiempo se hace cada vez más corto. Que de los treinta a los cuarenta, corre. De los cuarenta a los cincuenta, vuela raudo como el viento. De los cincuenta en adelante, cada año pasa como un leve soplo casi inadvertido).
Había pasado su niñez queriendo ser una mujer de verdad, pero ahora que por fin lo había conseguido, daría gustosa todo lo que había conseguido, por volver a ser la niña que jugaba entre trapos y carmín en el patio de su hermosa casa, sin otra obligación que esperar pacientemente los otoños que tanto le gustaban y que tardaban tanto en llegar.
Se había sentido agasajada y mimada por los moscones que le advirtió su madre. También había vivido el placer, deleite e intenso dolor de lo que había considerado "amor". Le Habían roto el corazón en más de una ocasión y también dejó ella unos cuantos destrozados por el camino. Pero la realidad nada tiene que ver con las grandes pasiones que soñó cuando era pequeña. La realidad nunca supera a la fantasía. Ahora sabía que las caricias y los amores soñados son los mejores y que nunca recobraría aquello que tantas prisas tuvo en perder.

Dedicado a todos los cuentacuentos que no le gustan los finales felices.

Marisela

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viernes, 30 de noviembre de 2007

CUENTACUENTOS 3-12-2007



Cuentacuentos 3-12-2007

FRASE DE CARLOS: “Las turbulencias presagiaban lo peor”


Las turbulencias presagiaban lo peor en aquella noche encendida de un extraño rojo, que aún parecía embravecer más y más, al enfurecido mar. Las enormes olas rompían con una fuerza bestial sobre las rocas del desfiladero de la pequeña isla, coronada por el faro donde vivía desde hacía años Bernardo y su joven hija Virginia.
Bernardo, como cada noche, había subido a contemplar a la luna y al reflejo de plata fina que dejaba en las que consideraba sus aguas. Era el momento del día que más feliz se sentía y el verdadero motivo por el que había aceptado aquel trabajo años atrás cuando murió su esposa.
La luz del faro enfocaba al rompeolas, donde el mar embestía de un modo que daba miedo y eso que Bernardo, a lo largo de aquellos años se había hecho todo un experto en temporales.
Virginia subió también, asustada por el tremendo estruendo de las aguas y se puso al lado de su padre en los enormes ventanales, sintiéndose impotente ante tanta grandeza como tenían el privilegio de observar desde allí.
No podían creer lo que veían sus ojos, un cuerpo flotaba como si de una marioneta se tratara, mecido violentamente al compás de las grandiosas olas y se estaba acercando peligrosamente a la orilla. Sólo un pequeño montículo de arena, lo separaba de las afiladas rocas. El farero y su hija, se enfundaron rápidamente dentro de los chubasqueros de un luminoso amarillo y cada uno con una potente linterna en la mano, se dispusieron a descender por el empinado camino que llevaba hasta el rompeolas. Una vez allí, la angustia se apoderó de ellos, porque en más de una ocasión, la bravura de las aguas estuvo a punto de estamparlos contra las duras piedras.
De pronto, casi como un milagro, el cuerpo se estancó en el montículo arenoso, mostrando a una preciosa mujer de rostro pálido y sereno, con una hermosa cabellera negra que le cubría parte del torso desnudo.
El asombrado farero, desde lejos, pensó ver una hermosa cola de pez plateada como el reflejo que tanto le gustaba ver por las noches desde el faro. Se quitó el chubasquero y conforme la mujer se fue poniendo de pie, lo que a él le pareció una cola, se fue convirtiendo en unas piernas largas y bien torneadas.
Bernardo, perturbado por la visión que acababa de ver, tapó la desnudez de la mujer y la tomó en sus brazos hasta el faro, seguido de Virginia, que había permanecido un poco alejada del lugar, por orden de su padre y por respeto a la gran altura de las olas.
Al llegar al faro, aún Bernardo se estaba recriminando tantas historias como leía de sirenas y viejos marineros y seguía repitiéndose: ¡No puede ser, no puede ser! ¡Las sirenas no existen!
La joven Virginia, sacó ropas suyas para que la extraña y bella dama se vistiera y le ayudó a secarse, mientras Bernardo preparaba un chocolate caliente para reconfortarla por dentro.
Pasadas unas horas, donde se acomodaron cerca del fuego, a la desconocida mujer se le empezó a sonrosar las mejillas y comenzó a agradecer a sus salvadores el peligro que habían corrido por ir en su auxilio.
Pasaron los días y Bernardo, se sentía cada vez más atraído por Rosa, que así dijo llamarse la misteriosa dama.
No pasó mucho tiempo para que Bernardo le declarara su amor y pidiera a Rosa que se casara con él.
Entonces la joven enamorada, explicó a Bernardo, que ella era una sirena que desde siempre se había sentido atraída por la luz que le brindaba por las noches su faro y el rey del mar, compadecido del amor que ella sentía, le había dado permiso para salir. Si su amor era correspondido, viviría el resto de sus días como una auténtica mujer, pero si no era así, tendría que regresar pasado un mes, (para eso sólo faltaba tres días). También dijo a Bernardo, que si su hija no la aceptaba como madre, tampoco podría permanecer con ellos, pero la joven no debería jamás conocer la historia.
Bernardo se apresuró a hablar con su hija aquella misma noche, para contarle que le gustaría si ella estaba de acuerdo, casarse con Rosa. La joven, que había observado el interés y las miradas de ambos, llevaba hacía días propiciando el acercamiento y posterior declaración, pues se sentía feliz de poder contar con los consejos y la amistad de la que ella veía más que como madre, como hermana mayor.
Así fue como la sirena se quedó a vivir en el faro hasta que ambos murieron como humanos. Tras la muerte, pudieron vivir por siempre en el mundo de las profundidades alumbrados por el faro, cuyo farero pasó a ser su nieto mayor.

Marisela

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viernes, 16 de noviembre de 2007

CUENTACUENTOS 9-11-2007





Cuentacuentos 19-11-007


Frase de Beleita: "El camino era tan estrecho que se hacía difícil caminar erguido sin caer"


El camino era tan estrecho que se hacía difícil caminar erguido sin caer, pero como podía, arañándose con las espesas ramas que casi lo ocultaban, Lorenzo, lo atravesaba con la ayuda de sus manos como única herramienta, para sortear los inmensos helechos y ramas secas que se clavaban en su cuerpo como afilados cuchillos y que le provocaban sangrantes regueros de un rojo intenso y un desagradable escozor general, en parte también producido por la alergia que desde siempre había tenido al polvillo de las plantas.

-¡¿Pero qué pintas aquí en medio del verde follaje?! –Se preguntó así mismo el pobre Lorenzo, mientras seguía adentrándose en la jungla en calzoncillos y perseguido por un gigante de casi dos metros de altura y ciento cincuenta kilos de peso, que además, iba cargado de un machete que había jurado incrustarlo en su cabeza más de una vez-.

Cuando nuestro protagonista veía en la televisión o en el cine, alguna persecución como la que estaba sufriendo, siempre le decía al perseguido que era tonto, que porqué no se subía a un árbol o se escondía detrás de los matorrales. Ahora desde la acción, se reprochaba lo capullo que era y lo fácil que se veía todo sentado en un cómodo sofá...

Lorenzo pensaba lo más rápido que podía, queriendo poner a todos sus sentidos en máxima alerta y deseando en señal de ánimo, acompañarse de si mismo. De su propio interior, como si de otra persona se tratara, para sobrellevar la vergonzosa experiencia que estaba viviendo, que aunque parecía una pesadilla, era por desgracia una amarga realidad.

Todo comenzó cuando Carmencita, una sensual mujer de piel sonrosada y labios carnosos y húmedos, comenzó a trabajar en la misma empresa que Lorenzo. A la coqueta muchacha, le bastó sólo una caída de ojos durante una intensa mirada para conquistar el corazón de nuestro hombre, que desde ese mismo momento se convirtió en la sombra de ella, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera tener entre sus brazos a la jugosa Carmencita.

Cuando había transcurrido un par de semanas y tras continuas llamadas telefónicas y bonitos ramos de flores a diario, la mujer terminó aceptando la invitación para ir cenar con Lorenzo el jueves por la noche.

Tras la formidable cena, que había tenido lugar en un afamado y confortable restaurante de Madrid, nuestros apasionados muchachos fueron a tomar una copa a un local no menos atrayente, donde pudieron llevar a cabo una agradable y distendida conversación. A continuación, la chica decidió que era hora de regresar a casa, ya que al día siguiente tenían que trabajar…

Lorenzo, acompañó a la bella joven después de insistir considerablemente para que dejara su vehículo en los aparcamientos de la empresa, explicándole que regresarían juntos al día siguiente. Durante el recorrido de regreso, a Lorenzo se le hacía la boca agua, pensando que esa misma noche podría conseguir su único objetivo desde que la conoció.

Al llegar delante del domicilio de Carmencita, Lorenzo puso en marcha todos sus encantos de seductor, para no dar tiempo a la chica a plantearse otra cuestión que no fuera pasar la noche junto a él. Así fue como empezó a inflamarse cada vez más la pasión y el deseo que en realidad ambos se profesaban. Tras media hora de un ininterrumpido beso e intensas caricias electrizantes, Carmencita, pudo al fin hablar y lo hizo para decir a Lorenzo, que vivía con sus padres, dos hermanos menores y su abuela paterna, que además estaba en la ventana contemplándolos a ellos y toda la escena que acababan de protagonizar. Lorenzo, nervioso, suplicó a la chica que pasara el fin de semana con él en Mallorca. Que podrían tomar el vuelo de aquel mismo viernes, a las 17 horas. Carmencita aceptó la invitación y quedaron para que pasara a recogerla a las ocho de la mañana, donde ya llevarían preparados el equipaje para aquel volcánico viaje a la isla balear.

Nada más llegar al hotel donde se hospedarían los dos días en Mallorca, los jóvenes se enfrascaron rápidamente en sus artes amatorias y cuando el ambiente empezó a adquirir tonos de alucinaciones y las bocas les sabían a un intenso sabor a cobre, la puerta de la habitación se abrió de repente, dejando a la vista a una enorme mole con un machete en la mano, del que parecía ser el novio de Carmencita y del que Lorenzo no tenía ni idea de que existiera. A Partir de ahí y sin saber cómo pudo salir de dicha habitación mientras el gigante amenazaba con descuartizarlo, Lorenzo corría mucho más rápido de lo que la dificultad del camino y su desnudez les permitían, perseguido incansablemente por aquel forzudo e indignado novio cornudo y ansioso de venganza.

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viernes, 26 de octubre de 2007

CUENTACUENTOS 29-10-2007



Cuentacuentos 29-10-2007


Frase de YAIZA: ¿Por qué el mar es azul?


-¿Por qué el mar es azul? -Preguntó Marisela, mientras miraba extasiada la inmensidad y la grandeza del Océano Atlántico-. El abuelo, la miró complacido por la pregunta y por el interés que mostraba la pequeña en lo que había sido sin ninguna duda, su gran pasión en esta vida.
-Cariño, creo que es por la luz del Sol y porque el agua es como un gran espejo donde se refleja la belleza del cielo. Aunque yo lo he visto durante algunas tormentas, completamente rojo y negro como la boca de un lobo -el abuelo, miraba de reojo a Marisela, que miraba hacia el horizonte con cara de espanto, mientras imaginaba aquellas mansas aguas coloreadas como el anciano le estaba describiendo-.
-Mamá dice que para Santiago, las mareas son mucho más fuertes y que las olas llegan más arriba de donde nos encontramos ahora.
-Así es Marisela. Las mareas son cada seis horas y son provocadas por atracciones del Sol y de la Luna -contestó el anciano mientras seguía con su canasto, salando las sardinas que le servirían más tarde como carnada para la pesca-.
-¿Y qué tienen que ver el Sol y la Luna con lo altos que están? -Esta vez, la cara de la niña, se mostraba incrédula ante la contestación de su abuelo Fernando-.
-Tesoro, la Luna y el Sol, atraen al mar desde allá arriba. Las aguas se mueven por eso y porque nosotros al mismo tiempo, estamos girando alrededor del Sol. El Sol es más atrayente que la Luna, pero como está más lejos, la Luna tiene mucha importancia en las mareas. -La pequeña, se sujetó con fuerza al banquete donde estaba sentada, como sintiéndose insegura entre tantos movimientos que explicaba Fernando-.
-¿Y el día de Santiago, por qué es especial? -Volvió a preguntar Marisela, que no se imaginaba al Sol y a la Luna, sabiendo qué día del año era en realidad-
-Quizás es porque es uno de los días más largos del año y como la Luna y el Sol están condenados a vivir separados, ese día, se les hace especialmente difícil y los dos, ejercen toda la atracción de que son capaz, para tocarse por medio del agua. También, me dijeron una vez, que es en ese día del año, cuando protestan delante de Dios, por la tristeza que les supone la separación forzosa a la que están sometidos.
Desde la casa de la playa, la madre de Marisela, llamaba a la pequeña para merendar.
-Me tengo que ir abuelo, mañana me cuentas más ¿Vale?
-Vale preciosa, mañana seguiremos hablando del mar. Ahora yo también me tengo que ir a pescar, porque está empezando a subir la marea.
Y el anciano abrazó a la chiquilla, besándola en la frente y se alejó hacia la orilla, con su caña de pescar, el canasto con las sardinas, el banquete y un sombrero de paja, para resguardarse de los últimos rayos de sol de la tarde.

Marisela
Basado en una conversación que tuve con mi abuelo hace muchos años.


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sábado, 13 de octubre de 2007

CUENTACUENTOS 15-10-2007

Cuentacuentos 15-10-2007


Frase de la semana de Scry: "Las palabras no significan nada, no son importantes, lo que marca son tus actos, y la coherencia de estos con tus palabras"


Las palabras no significan nada, no son importantes, lo que marca son tus actos, y la coherencia de estos con tus palabras, pero hija mía, supongo que podrías ser un poquito más amable y mejorar tu vocabulario ¿No? ¿No ves que espantas a todas las personas de tu lado? El pobre chico, lleva todo un año intentando acercarse a tí para hablarte y tú, has tardado tan sólo un minuto en quitarle las ganas de arrimarse de nuevo a una chica en lo que le queda de vida...

¡Calla, que soy tu madre y a una madre no se le contesta de ese modo! Desde luego, eres un macho pingo ¿A dónde está la educación que te han dado las monjas durante dieciocho años?

¡Con los cuartos que nos hemos gastado tu padre y yo, en hacer de tí una señorita de bien!

Felipe, no sé que vamos hacer con esta niña, pero los animales del Zoo, tienen más educación que esta fiera.

-¡Y dale, te he dicho que no me grites así! Almudena, vas hacer que no nos quede otro remedio que llevarte al psicólogo, porque debe de ser eso..., con tanto estudiar se te ha ido la olla.

Aún recuerdo a la niña dulce y obediente que eras cuando pequeña y me parece imposible que seas la misma persona.

¡Sácate el dedo de la nariz y siéntate como es debido Almudena!

¡Por todos los santos...! ¿Has visto el cuello de mugre que llevas? ¿Es que ni siquiera te lavas Almudena? ¿O es que lo haces para que haga juego con tus uñas pintadas de negro y esos maquillajes tan raros que te pones? ¡Pero niña! ¿Me puedes explicar a quién has visto tú ponerse como un fantasma en esta casa?

¡Te estoy hablando Almudena, baja ahora mismo el volumen de la música!

¡Felipeeee, dile a tu hija, que con esa pinta no sale y que se quite de una vez ese vestido negro, que huele a rayos!

¡Pero Felipe, ¿No me oyes?!

¡A quién va a salir la niña, cuando el padre está roncando en el sofá!

Bueno Almudena, no grites, que sí te dejo salir, pero no vayas a venir más tarde de las ocho de la mañana, porque ya sabes que no me puedo acostar hasta que llegas a casa y prométeme que no vas a decir ninguna palabrota.

¡ALMUDENA, ¿QUÉ ES ESO DE NO ME JODAS?!

-¿Qué ha sido ese ruido? -Pregunta Felipe abriendo un ojo-

-Tu hija que se ha ido -contesta la pobre madre con gestos de desesperación-

-¡Ah bueno! -Y Felipe vuelve al plácido sueño-.


Marisela