viernes, 28 de marzo de 2008

Cuentacuentos 31-3-2008


Frase de Amanda Pinkleton: "Supo que había sentido miedo cuando miró hacia atrás sin que ninguna causa lo justificara".

Supo que había sentido miedo cuando miró hacia atrás sin que ninguna causa lo justificara. Ella, la mujer valiente que hasta ese momento nada había hecho que el miedo la perturbara en lo más mínimo a lo largo de toda su vida, aquella noche y rodeada de las muchas personas que estábamos en el camping, se tuvo que volver hacia la tienda de campaña y llamarme casi temblando. Yo diría que hasta con un ataque de pánico, lógico en las otras amigas, pero extraño en Raquel, la mujer que tenía fama de no temer a nada en absoluto.
Raquel, era la mayor de cinco hermanos y la hija de la mujer más miedosa del barrio donde vivíamos desde que nacimos.
Su madre, contaba que cuando Raquel era muy pequeña, no la dejaba ir a dormir hasta que no llegaba su padre del trabajo. Le resultaba imposible quedarse sola y se refugiaba en su pequeña hija de menos de dos años, algo inverosímil, pero real. Quizás por esa causa, Raquel se envalentonó con la vida y vió que el miedo era algo absurdo y ridículo, llegándose a sentir la protectora de su madre y más tarde de los hermanos que fueron llegando a la familia.
Esa actitud de protección se extendió más tarde, a todas sus amigas, a las que Raquel, había ayudado en más de una ocasión, acompañándolas a casa o enfrentándose a esos compañeros que no tienen nada mejor que hacer que asustar a las chicas de la clase.
Desperté de un salto y con la confusión que se tiene cuando una se despierta en esas circunstancias, pregunté a Raquel ¿Qué le ocurría? ¿A qué se debía esa extraña actitud? ¿Y qué le había pasado para que temblara como lo estaba haciendo?
La chica estaba francamente asustada y apenas podía hablar. La abracé y cogí sus manos con fuerza y la animé a que me contara lo sucedido...
Con palabras entrecortadas, Raquel, me fue explicando que se despertó en la madrugada, sudando y con ganas de ir al lavabo. Se levantó, se puso una camiseta y un pantalón corto y atusándose el cabello, se dirigió a los servicios del camping, que no quedaban lejos de donde estábamos acampando además de Raquel y yo, cinco amigas más, que habíamos decidido después de muchos planes, pasar una semana de julio en la playa, en aquel camping de primera categoría y con un ambiente fenomenal tanto de día como de noche.
Continuó relatándome lo sucedido y es que al ir acercándose a los lavabos de mujeres, oyó risas y voces de hombres en el interior del mismo. Se mantuvo en la parte exterior de la puerta pero sin entrar al interior y oyó como planeaban meterse en uno de los servicios y así poder dar el mayor susto de su vida a la primera meona que se le ocurriera entrar aquella noche.
Raquel y esa valentía innata que la caracterizaba, estuvieron a punto de entrar y enfrentarse a aquella panda de "gansos borrachos" que estaban dentro de los servicios, pero como las ganas de orinar le oprimían la vejiga y le producían escozor, decidió ir detrás de unos setos que se encontraban justo enfrente, pero un poco apartado de la zona y así poder atender primeramente a su necesidad más inmediata, para después poderse encarar a los desarmados, sin nada que coartara su decisión de ponerlos en su sitio.
Cuando ya más relajada, regresaba hacia los servicios, oyó súplicas, gritos y lloros de una voz femenina en el interior. Abrió con sigilo un poco la puerta y pudo ver como cuatro individuos, estaban cometiendo con una chica, toda clase de vejaciones. Soltó la puerta sin tanto cuidado como la había abierto y uno de los violadores, advirtió su presencia y se dispuso a seguirla, al tiempo que la llamaba y le profería de toda clase de groserías.
Raquel corrió con un pánico desconocido por ella hasta ese momento, pero no lo hizo en dirección hacia las tiendas que ocupaba con nosotros, sus amigas. Lo hizo en dirección contraria y valiéndose de la cantidad de tiendas y caravanas que estaban instaladas en esos momentos en el camping, Raquel pudo esconderse e ir rodeando todo el recinto, hasta llegar de nuevo a los setos que antes le habían servido de urinario. Allí escondida detrás del follaje, la alumbraron las primeras luces del alba y vió como empezaban a levantarse y desperezarse a los madrugadores del lugar, pero Raquel le fue imposible salir de aquel escondite. Sus piernas les flaqueaban y la voz no le salió, aunque lo intentó con ahínco en varias ocasiones, cuando matrimonios mayores salían de las caravanas que tenía más cerca. Lo más que Raquel pudo emitir, fue una especie de maullido, cuando acertó a pasar cerca del lugar donde se encontraba escondida, dos de los vigilantes del Camping.
Confundida,desperté al resto de compañeras que se encontraban en tiendas colindantes a la nuestra y le expliqué todo lo que Raquel me había relatado. Inmediatamente nos vestimos y nos dirigimos al cuartel más próximo a denunciar la desafortunada experiencia de mi amiga.
Queríamos irnos cuanto antes de aquel lugar, pero por indicaciones del jefe de la Guardia Civil y pensando en la pobre chica que había sido ultrajada de forma tan brutal por aquellos malditos, decidimos de quedarnos un poco más, pero eso sí, con estrecha vigilancia de unos cuantos agentes, mientras otros tantos, con la colaboración de la dirección y de los vigilantes privados del propio camping, buscaban de forma frenética, tanto a los agresores como a la propia víctima.
Nada volvió a ser igual desde aquel día. Raquel, no logró ver el rostro de los agresores ni el de la víctima y nadie denunció la violación de la que había sido testigo mi amiga, por tanto, nadie fue detenido ni ayudado.
Lo que en verdad ha cambiado es el comportamiento de Raquel, que ahora si sabe lo que es el miedo y siempre mira hacia atrás, aunque no haya nada que temer ni que lo justifique.
Hay miedos enfermizos y ridículos, pero como decía mi abuela: "Hay que temer a los vivos y ser siempre muy precavidos, porque hay muchos locos sueltos por el mundo".

Marisela

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domingo, 20 de enero de 2008

CUENTACUENTOS 21-1-2008

Frase de la semana de Fantasmín: "Se truncó la noche en áspera y feliz, en oscura y con destellos (yo creo que por las farolas)."

Se truncó la noche en áspera y feliz, en oscura y con destellos (yo creo que por las farolas). Aquella oscuridad nos brindaba un misterio maravilloso que seguro habían vivido durante siglos los hombres, pero que desconocíamos los que como yo, estábamos acostumbrados a las luces de neón y a las noches de televisión y aire acondicionado.
No me pude resistir y salí a la calle desde donde el cielo era todo un espectáculo de luz. Pronto fueron uniéndose otros amigos igual de asombrados y maravillados que yo y decidimos adentrarnos en el parque cercano a nuestras casas, donde todos sentados en el césped, primero estuvimos escuchando a los grillos y otros sonidos extraños. Parece mentira, pero este tipo de sonidos no se oyen cuando hay luz y el brillo de la luna y de las estrellas pasan desapercibido cuando alumbran las bombillas y los focos artificiales.
Fueron muchos los vecinos que tuvieron la misma idea que nosotros y de pronto nos vimos reunidos muchas personas de diferentes edades, con las que nos cruzábamos a diario y ni siquiera a veces saludábamos.
Mariano, un vecino marinero, empezó a relatar una bonita historia vivida en alta mar, en una noche de una feroz tormenta.
Después fue Jorge, un chico que acostumbraba a hacer montañismo el que contó las maravillas que se podían ver y sentir en la noche desde lo alto de una gran montaña.
También el Señor Antonio, un hombre de más de ochenta años y que había vivido la guerra civil del 36, contó historias increíbles de cuando afinados en las trincheras o haciendo guardias en las líneas de fuego, habían podido vivir él y sus compañeros, algunos de ellos abatidos en el campo de batalla por aquel entonces. Historias que emocionaron a todos los que allí estábamos.
Una vez vuelta la luz, el encanto pareció desvanecerse y poco a poco los vecinos fueron regresando a sus casas, pero mis amigos y yo permanecimos un poco más y estuvimos hablando de lo mágico que había resultado el percance y a mi me salió, como pensando en alto, "ojalá sucediera todas las semanas".
Al día siguiente lo comentamos en clase y también éramos distintos al cruzarnos con algún vecino. Era como si hubiera una complicidad que antes no había. Como si desde ese instante del apagón, los vecinos fueran más que vecinos. Como si fueran alguien de nuestra familia.
La cuestión es que en la siguiente reunión de la asociación del barrio, el tema se trató con más profundidad y decidieron que todos los miércoles por la noche habría reuniones intergeneracionales en el parque, en una glorieta, donde se pidió al Ayuntamiento dejar ese día sin luz desde las diez a las doce de la noche.
La experiencia está siendo tan estupenda, que ha cambiado mi vida y mi forma de pensar por completo. Igualmente pasa con mis amigos y con la gran cantidad de personas que nos reunimos miércoles tras miércoles y que va en aumento cada semana.
¡Ahhh! Se me olvidaba de decir que en esas reuniones no hay edades y cada cual cuenta su historia siendo escuchado por todo el mundo con el máximo respeto.
Marisela

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sábado, 12 de enero de 2008

CUENTACUENTOS 14-1-2008

Cuentacuentos 14-1-2008

Frase de Brian Edward Hyde: "Pasaron varios días hasta que alguien..."

Pasaron varios días hasta que alguien advirtió la presencia de aquel objeto extraño encima de la chimenea del gran salón. Precisamente fue Bernardo, el más avispado de los hijos de Clemencia, el primero en darse cuenta de dicha aparición y que de vez en cuando, el raro artilugio desprendía una tenue luz color esmeralda. No lo hacía siempre con la misma frecuencia. Podía pasar horas sin que el objeto diera ninguna señal, como que se apagaba y se encendía varias veces en cuestión de algunos minutos sin tener una explicación razonable para el muchacho. En principio, miró y remiró desde distintos ángulos aquella figura con forma de pentágono y en su conjunto de un color rojizo oscuro parecido al de la madera de caoba. Por más que miraba, a Bernardo le parecía cada vez más desconocido. Él no había visto nada similar en los años que tenía de vida. Sin atreverse a tocarlo, decidió que lo mejor sería pedir otras opiniones y para ello, se reunió con dos de sus hermanos mayores, teniendo mucho cuidado de no ser escuchados por los más pequeños de la familia.
Juan y Federico, los dos hijos mayores de los doce que componía la familia Méndez López, escuchaban a Bernardo con la boca abierta y con suma impaciencia por poder ver ellos también aquel juguetito raro del que hablaba su hermano, pero Bernardo, nuevamente dando una lección de cordura a sus hermanos mayores, explicó que no sabían si aquello podía ser peligroso y que sería comprometido hacerlo a horas que pudieran estar rondando por la casa algunos de los peques. Sobre todo, los gemelos de cinco años, para los que no había trabas ni peligros suficientemente importantes para frenar su innata curiosidad por todo.
Los tres decidieron bajar a las diez y media de la noche, cuando ya casi todos estaban durmiendo. Además, en principio lo harían por separado y procurando levantar las mínimas sospechas de los que aún estuvieran deambulando por la casa.
Llegada la hora prevista, el primero en bajar fue Federico, pidió ese derecho por ser el mayor de todos y porque conocía un poco más que los anteriores los aparatos de nuevas tecnologías. Cuando subió a la habitación, estaba tan desconcertado como su hermano Bernardo y advirtió que una vez que bajaran los otros dos, si aún no sabían de qué se trataba, entonces cogería e intentaría abrir el dichoso aparato.
Juan bajó las escaleras como si en la casa hubiera un asesino suelto y él fuera la próxima víctima. Él siempre había sido muy fantasioso e incluso se armó con un bate por si aquel objeto era algo venido de otro planeta para espiar a su familia.
Cuando los tres muchachos se volvieron a reunir en el cuarto y en vista de que ninguno había podido descifrar el enigma del misterioso artilugio, decidieron bajar todos juntos e intentar abrirlo de una vez.
Bajaban cuidadosamente los tres, cuando observaron a sus padres y a la señora que los había cuidado desde pequeños con el raro objeto en la mano de la madre, que seriamente le indicaba al padre que había que abrir el aparato, mientras que la señora Antonia, ofrecía algo al cabeza de familia de forma solemne.
Juan, indicó a sus hermanos que se echaran al suelo, porque seguro que habían sido inducidos por los extraterrestres que se habían adueñados de sus cuerpos, asegurando que seguro era una invasión.
Ramón Méndez, padre de la gran familia numerosa, procedió a abrir el pentágono introduciendo en el interior lo que le ofrecía la buena de Antonia y dándole a cambio algo a la mujer, que se llevó rápidamente hacia la cocina.
Los chicos subieron nuevamente arrastrándose como pudieron, para no ser descubiertos y pasaron la noche en vela y expectantes por si alguien extraño acudía a la casa durante la madrugada.
A la mañana siguiente y como era costumbre en el hogar de los Méndez, se armó el gran revuelo que forma una familia de quince personas para asearse, desayunar y ponerse en marcha para la nueva jornada.
Juan, Federico y Bernardo, parecían muertos vivientes después de la odisea nocturna y la desesperación y la impotencia representadas en sus asustadas caras.
Federico se acercó sigilosamente hasta la chimenea para ver si el dichoso y maligno aparatejo continuaba en el mismo lugar, cuando la mano de Clemencia se puso en su hombro, asustando mucho al chaval.
-¿Te gusta como huele el ambientador que me ha traído tu tía de China? -Preguntaba la pobre señora al chico, que más que a la madre, veía a un lagarto verde venido de otra galaxia-
-¿¡QUEEEEÉ!? ¿Esto es un ambientador?
- Si hijo ¿A que parece increíble que un ambientador tenga una fragancia tan delicada y una forma tan elegante? -La madre continuó diciendo que ya le habían puesto las pilas y que en toda la casa se podía oler el magnífico aroma que desprendía-
-Lo siento mamá, pero ahora me tengo que ir, tengo mucha prisa -decía Federico mientras se apresuraba en buscar a sus dos hermanos que tenían proyectado quedarse escondido en la casa y acabar ellos solos con los temibles alienígenas.

Marisela



jueves, 3 de enero de 2008

CUENTACUENTOS 7-1-2008

Cuentacuentos 7-1-2008

Frase de los Duendes "Los muertos no necesitan aspirinas"

Los muertos no necesitan aspirinas y los que las tomamos con frecuencia por motivo de algunos "vivos", tampoco la necesitaríamos, si ellos estuvieran fuera de nuestro mundo.
El 27 de Octubre de 1990, la maestra Carmen, empezó a traumatizarme a mí y a otros alumnos. Quizás podría añadir sin equivocarme, que además también lo hacía con gente fuera del colegio.
Recuerdo la fecha con exactitud, porque hacía poquito que había empezado el nuevo curso y porque ese día me avergonzó delante de toda la clase. Pasé tal apuro, que no creo que la fecha se me pueda olvidar jamás.
Esta mujer estaba como ida. ¿Qué digo ida? Estaba loca de remate. Se comía las uñas, los lápices o su propio pelo. Era tan nerviosa y lo sigue siendo aún, que tenía que tener algo en la boca chupándolo o mordisqueándolo sin parar. Hablaba sola, gritaba como una energúmena o corría por todo el colegio sin motivo de alarma o urgencia que así lo requiriera. Después de comer, se enojaba de forma especial. Nunca he podido saber si es que padecía de estómago o era otra de sus excentricidades para llamar la atención de todo el mundo. Eso no es todo por desgracia. También manipulaba a l@s alumn@s y hacía que fueran a visitar a un amigo o novio que tenía, (que por cierto vivía con ella).
A mí me hizo pasar los peores momentos de mi vida:
Me puso en ridículo delante de todo el colegio, llamó a mi padre para que me llevaran al psicólogo (que por cierto, resultó ser otro psicópata de mucho cuidado), se inventó haberme oído decir que me iba a suicidar y le decía a los padres de mis compañeros que yo era una mala influencia para sus hijos (resultando obvio, que me pasé el curso sin ningún amigo o amiga en la que poder confiar). Creo que eso lo debió hacer con todos, para que los niños no habláramos entre nosotros y pudiéramos llegar a conclusiones que en ese momento por nuestra edad se escapaban de nuestro entendimiento.
Otra chica y yo, la empezamos a llamar como mote "la droga". Al principio sólo se lo llamábamos nosotras dos, pero no tardó mucho tiempo en que la llamara así toda la clase.
Para colmo, descubrí cierto día, que le gustaba mi padre y que trataba de engatusarlo con ciertas artes eróticas que al parecer, dominaba a la perfección. Desde ese día, puse en guardia todos mis sentidos y me puse a vigilarlos de forma desesperada... No quería ni pensar en lo que ocurriría, si también ponía a mi progenitor en mi contra.
Gracias a Dios, mi padre no cayó en sus redes y eso hizo que ella me odiara más si cabía.
Sé de niños a los que ha jodido la vida para siempre (aunque conmigo no pudo).
Lo peor de todo esto, es que en la actualidad sigue dando clase de primaria y eso quiere decir que sigue usando las malas artes y entrañas, porque de no ser así, ya hubiera sido descubierta.
Hoy día, todo el colegio la llama "la droga", pero que yo tenga conocimiento, nadie se ha atrevido a denunciar todas esas cosas que desde siempre ha hecho. Quizás todos los que hemos sido alumnos suyo no estemos preparados para enfrentarnos a que no nos crean y le den preferencia a su detectable e "intachable" expediente y a su saber manipular.
Si al menos, pudiera reunirme con antiguos alumnos y hablar de nuestras experiencias, pero pasado todos estos años, seguimos viéndonos como bichos raros nada convenientes y tomando aspirinas para calmar los dolores de cabeza que nos causa el recuerdo y la impotencia. Así ha ido sucediendo curso tras curso en todos estos años.
La quiero muerta, al menos para la enseñanza y dejar de enriquecer a Bayer con la compra de tantas aspirinas.
Marisela
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jueves, 13 de diciembre de 2007

CUENTACUENTOS 17-12-2007 (ESPECIAL DE NAVIDAD)


Especial de Navidad dedicado a todas las queridas abuelas


No sé el porqué estoy escribiendo un especial de Navidad, cuando ya hace algunos años que no me gustan para nada estas fiestas a las que antes esperaba con la mayor ilusión que se pueda tener en esta vida. Quizás sea que nunca me ha gustado pedir para mí. También puede ser que ya no estén conmigo las personas que más sueños y emociones provocaron en mi hoy pobre y enfermizo corazón.
Cuando era pequeñita, no sé exactamente por qué, pero siempre terminaba llorando el día de Noche Buena y la noche de Fin de Año. Entonces no se puede decir que no sintiera la magia de esos días especiales sino todo lo contrario. Nos reuníamos toda la familia en casa de mis abuelos. Cuando digo toda la familia, me refiero a padres, tíos, primos, hermanos, amigos, vecinos y por supuesto mis abuelos paternos. Los otros, los de la parte materna ya habían muerto hacía tiempo. No llegué a conocerlos en persona, aunque mi madre no dejó de pasar ni un sólo día mientras vivió, sin contarme algunas anécdotas de ellos.
La primera cuestión que recuerdo para que llorara en esos días, era los terribles dolores de muelas que se acentuaban en esas fechas. Creo que eran por los dulces típicos (aunque he de confesar que mi cuerpo siempre ha rechazado el azúcar). Aunque lloraba como ya os he dicho, me sentía inmensamente feliz.
La Noche Buena, no era como ahora ni mucho menos. Recuerdo una en especial, que comimos como todo majar, boniatos asados y un aguachirle de achicoria endulzada con regaliz. No había nada que comer para nadie y con esos alimentos, nos sentíamos las personas más afortunadas del mundo. Eso sí, cuando nos calentamos un poco el estómago con la aún amarga infusión, los mayores de mi familia pusieron todo el empeño en sacar las panderetas, cucharas y algunas botellas antiguas y vacías de anís "La Castellana" (guardadas para la ocasión) y con esos instrumentos, tocamos y cantamos un montón de lindos villancicos, que he intentado transmitir igualmente a mis descendientes, pero los chicos de ahora no tienen tiempo para sus abuelos y sólo prestan atención a las endemoniadas vídeo-consolas, que además de gordos y fofos, lo tienen cegatos perdidos y nerviosos como una vara de acebuche.
También recuerdo la diferencia del Día de Reyes. Entonces aquí a España, sólo venían los Reyes de Oriente. De Papá Noel, no teníamos ni referencia...
Un año, me trajeron un ladrillo coriano, vestido con una toquilla vieja de uno de mis hermanos. Os aseguro que no ha habido ni habrá muñeco más preciado para mí que aquel ladrillo, que cuando se cogía en brazos, parecía un niño de verdad. Otro año, mi padre talló como pudo unos platitos y unas ollitas y los pintó con colores fuertes, brillantes y vivos. No había en el mundo una niña más dichosa que yo con aquella abrupta y destartalada vajilla, que puesta en fila encima de unas piedras, era la mejor y más flamante cocina que nadie haya visto jamás.
Los días previos a la Navidad, eran no menos emocionantes para mí. Todas las mujeres del pueblo se reunían y acudían a la única panadería que había en la población y en cuyo horno, hacían los típicos hojaldres y polvorones, dejando en muchos metros a la redonda de la localidad, un aroma inconfundible a Navidad y contando mientras trabajaban, unas historias maravillosas transmitidas de generación en generación. Además, como no había televisión, tras la cena de Noche Buena, todas las mujeres hacían deliciosos pestiños bañados en una purísima miel de abeja, donde no faltaban las canciones y las risas que aún resuenan en mis oídos después de tantos años.
A las 23:30 horas, ya estaban todos los dulces a buen recaudo en un arca especial para este fin y toda la familia dispuesta para acudir a la Misa del Gallo. En aquel entonces, esto era un acontecimiento social, donde todas las familias del pueblo se daban cita y tras la celebración religiosa, la fiesta continuaba todos juntos en la Iglesia.
Ahora mis nietos no saben siquiera qué es lo que están celebrando. Se cena con la televisión encendida. Se come a lo bruto (no sé porqué hay que comer tanto esa noche), se bebe todavía más. Los nietos mayores se van de guateque, botellona, botellón o cotillón, o como quiera que se llame. Los pequeños directos a la consola como siempre y los mayores, para lo único que se reunen es para presumir del plasma, del coche o del equipo de música, por no hablar de los abrigos de pieles o las joyas que ese día se colocan pese a quien pese.
Los niños reciben regalos el Día de Navidad y el Día de Reyes y no uno, sino a montones, los mismos a los que ni siquiera prestan atención una vez abiertos.
Definitivamente no sé el porqué estoy escribiendo este especial de Navidad, que seguro a nadie interesa y nadie va a leer.


Con mis mejores deseos para que todos pasen este año una Navidad mágica.
Marisela

sábado, 8 de diciembre de 2007

CUENTACUENTOS 10-12-2007


Cuentacuentos 10-12-2007

FRASE DE DULCE LOCURA: “Cuando se quiso dar cuenta, era otra vez otoño”

Cuando se quiso dar cuenta, era otra vez otoño. Había pasado un año desde que se sintió abatida por el acontecer de su vida que no funcionaba todo lo bien que ella quisiera y como había soñado desde que no era más que un renacuajo. Nada resultaba ser como había planeado. No terminaba de encontrar un empleo como a ella le gustaría y para el que con tanto esfuerzo y tiempo se había preparado. En amores, ídem de lo mismo. Todo parecía ser un fracaso para Palmira. Y lo peor de todo, es que no se sentía con ánimo de seguir esperando...
Desde muy pequeñita soñaba con tener quince años. No sabía muy bien porqué precisamente esa edad, quizás tuviera que ver con que todos le decían "la edad de la niña bonita". Ella se ponía los tacones de su madre, se hacía largas trenzas con trapos sobrantes de la costura de su tía, se pintaba los labios, de un color fucsia fuerte y se colgaba un bolso desechado por su progenitora y que ella había adoptado como el mejor de sus juguetes.
Palmira siempre quiso ser una mujer hecha y derecha y como tal, jugó y actuó toda su niñez. Como era la mayor de cinco hermanos, tampoco hubo nadie que se burlara de sus pretensiones de parecer más edad de la que tenía en realidad.
Los años fueron pasando lentamente como si de siglos se tratara para Palmira.
El día de su Primera Comunión, marcó uno de los grandes logros trazados por la niña en su empeño de conseguir ser vista como una muchacha y no como una mocosa. Ese día, todos le decían: "Ya eres toda una mujercita y ahora tiene que ser responsable con tus actos y enseñar a tus hermanos". Esas palabras típicas que se le dicen a todos los niños en esas fechas, a Palmira se le clavaron en su corazón y desde ese mismo momento pasó a convertirse en una segunda madre para sus hermanos.
Entre los ocho y los once años, Palmira vivió una profunda evolución interior, pero exteriormente se consideraba como si fuera invisible. Esos largos años, se sintió menos observada. El protagonismo lo tenían entonces sus hermanos menores.
También se sintió mucho menos influenciada por su madre y por su tía, a las que ella no se perdonaba desairar en ningún momento y a las que consideraba la perfección del género femenino.
Acababa de cumplir los doce años, cuando a Palmira, una mañana como cualquier otra, le bajó su primera regla en el transcurso de una de sus clases. Su madre hacía tiempo que le había explicado que eso sucedería y que a partir de ese momento, sería interiormente toda una mujer. Ese acontecimiento, marcaría que su cuerpo estaba preparado para poder engendrar y parir hijos.
El dolor de vientre y la gran hemorragia que se le presentó, marcó otro de los retos y a la vez fracaso en la vida de Palmira. Su madre habló muy seriamente con ella, le volvió a repetir todo lo que ya sabía, pero añadió que era sólo una niña y que a partir de ese momento tendría que extremar sus cuidados, sobre todo con los chicos que se pegarían a ella como moscas, buscando sólo seducirla y muy especialmente, tendría que tener mucho cuidado con los hombres no tan jóvenes, que si tenían experiencia de la vida y que buscarían tener sexo con ella, engatusándola con palabras de falso amor y con detalles de esos que nos gustan a todas las mujeres.
-Es importante que a partir de ahora, seamos amiga además de madre e hija -dijo la madre a Palmira, con tono serio y solemne, aunque acarició la mejilla de la pequeña y le dió un cariñoso beso en la frente-.
La mamá, le explicó bastante bien, que las relaciones sexuales deben ser por amor, con quién ella decida y cuando ella quiera. Por eso de la importancia de que hubiera confianza entre ambas, porque había medios para impedir quedarse embarazada y porque ella no quería que le hicieran daño con falsas promesas.
Palmira, sintió de pronto mucho miedo hacia la gran responsabilidad que tenía por el simple hecho de haber tenido la regla. Recordó las miradas que en aquel último año, le echaban los chicos en el gimnasio o cuando se ponía a jugar a la goma o a la comba, incluso los profesores la miraban de un modo distinto. Y es que a la adolescente, se le había desarrollado bastante los senos. Se les presentaban ante ella de un modo casi insultante y provocador. Incluso le molestaban, por no hablar del inmenso dolor que había sufrido, especialmente las últimas semanas, que casi no podía aguantar el roce de la ropa.
Los quince llegaron, pero transcurrió casi sin darse cuenta. Tanto esperar, para que no sucediera nada especial, acepto que ante el espejo, Palmira era una hemosísima mujer, donde toda ella desprendía sensualidad e intensos brillos de todos los colores.
Pronto vinieron los dieciocho, los veinte, los veinticinco y sin darse apenas cuenta, llegó el día que cumplió los treinta y uno. Ahora pasaba todo lo contrario, el tiempo en vez de pasar volaba. Se podría decir que el setenta por ciento de su vida había transcurrido en sus doce primeros años. El quince por ciento, en los diez siguiente y conforme se evaporizaban los días, sin apenas sentirlos, el quince por ciento restante, sería mucho más cruel y sin sentido, porque además, los mayores siempre le decían (que el tiempo se hace cada vez más corto. Que de los treinta a los cuarenta, corre. De los cuarenta a los cincuenta, vuela raudo como el viento. De los cincuenta en adelante, cada año pasa como un leve soplo casi inadvertido).
Había pasado su niñez queriendo ser una mujer de verdad, pero ahora que por fin lo había conseguido, daría gustosa todo lo que había conseguido, por volver a ser la niña que jugaba entre trapos y carmín en el patio de su hermosa casa, sin otra obligación que esperar pacientemente los otoños que tanto le gustaban y que tardaban tanto en llegar.
Se había sentido agasajada y mimada por los moscones que le advirtió su madre. También había vivido el placer, deleite e intenso dolor de lo que había considerado "amor". Le Habían roto el corazón en más de una ocasión y también dejó ella unos cuantos destrozados por el camino. Pero la realidad nada tiene que ver con las grandes pasiones que soñó cuando era pequeña. La realidad nunca supera a la fantasía. Ahora sabía que las caricias y los amores soñados son los mejores y que nunca recobraría aquello que tantas prisas tuvo en perder.

Dedicado a todos los cuentacuentos que no le gustan los finales felices.

Marisela

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viernes, 30 de noviembre de 2007

CUENTACUENTOS 3-12-2007



Cuentacuentos 3-12-2007

FRASE DE CARLOS: “Las turbulencias presagiaban lo peor”


Las turbulencias presagiaban lo peor en aquella noche encendida de un extraño rojo, que aún parecía embravecer más y más, al enfurecido mar. Las enormes olas rompían con una fuerza bestial sobre las rocas del desfiladero de la pequeña isla, coronada por el faro donde vivía desde hacía años Bernardo y su joven hija Virginia.
Bernardo, como cada noche, había subido a contemplar a la luna y al reflejo de plata fina que dejaba en las que consideraba sus aguas. Era el momento del día que más feliz se sentía y el verdadero motivo por el que había aceptado aquel trabajo años atrás cuando murió su esposa.
La luz del faro enfocaba al rompeolas, donde el mar embestía de un modo que daba miedo y eso que Bernardo, a lo largo de aquellos años se había hecho todo un experto en temporales.
Virginia subió también, asustada por el tremendo estruendo de las aguas y se puso al lado de su padre en los enormes ventanales, sintiéndose impotente ante tanta grandeza como tenían el privilegio de observar desde allí.
No podían creer lo que veían sus ojos, un cuerpo flotaba como si de una marioneta se tratara, mecido violentamente al compás de las grandiosas olas y se estaba acercando peligrosamente a la orilla. Sólo un pequeño montículo de arena, lo separaba de las afiladas rocas. El farero y su hija, se enfundaron rápidamente dentro de los chubasqueros de un luminoso amarillo y cada uno con una potente linterna en la mano, se dispusieron a descender por el empinado camino que llevaba hasta el rompeolas. Una vez allí, la angustia se apoderó de ellos, porque en más de una ocasión, la bravura de las aguas estuvo a punto de estamparlos contra las duras piedras.
De pronto, casi como un milagro, el cuerpo se estancó en el montículo arenoso, mostrando a una preciosa mujer de rostro pálido y sereno, con una hermosa cabellera negra que le cubría parte del torso desnudo.
El asombrado farero, desde lejos, pensó ver una hermosa cola de pez plateada como el reflejo que tanto le gustaba ver por las noches desde el faro. Se quitó el chubasquero y conforme la mujer se fue poniendo de pie, lo que a él le pareció una cola, se fue convirtiendo en unas piernas largas y bien torneadas.
Bernardo, perturbado por la visión que acababa de ver, tapó la desnudez de la mujer y la tomó en sus brazos hasta el faro, seguido de Virginia, que había permanecido un poco alejada del lugar, por orden de su padre y por respeto a la gran altura de las olas.
Al llegar al faro, aún Bernardo se estaba recriminando tantas historias como leía de sirenas y viejos marineros y seguía repitiéndose: ¡No puede ser, no puede ser! ¡Las sirenas no existen!
La joven Virginia, sacó ropas suyas para que la extraña y bella dama se vistiera y le ayudó a secarse, mientras Bernardo preparaba un chocolate caliente para reconfortarla por dentro.
Pasadas unas horas, donde se acomodaron cerca del fuego, a la desconocida mujer se le empezó a sonrosar las mejillas y comenzó a agradecer a sus salvadores el peligro que habían corrido por ir en su auxilio.
Pasaron los días y Bernardo, se sentía cada vez más atraído por Rosa, que así dijo llamarse la misteriosa dama.
No pasó mucho tiempo para que Bernardo le declarara su amor y pidiera a Rosa que se casara con él.
Entonces la joven enamorada, explicó a Bernardo, que ella era una sirena que desde siempre se había sentido atraída por la luz que le brindaba por las noches su faro y el rey del mar, compadecido del amor que ella sentía, le había dado permiso para salir. Si su amor era correspondido, viviría el resto de sus días como una auténtica mujer, pero si no era así, tendría que regresar pasado un mes, (para eso sólo faltaba tres días). También dijo a Bernardo, que si su hija no la aceptaba como madre, tampoco podría permanecer con ellos, pero la joven no debería jamás conocer la historia.
Bernardo se apresuró a hablar con su hija aquella misma noche, para contarle que le gustaría si ella estaba de acuerdo, casarse con Rosa. La joven, que había observado el interés y las miradas de ambos, llevaba hacía días propiciando el acercamiento y posterior declaración, pues se sentía feliz de poder contar con los consejos y la amistad de la que ella veía más que como madre, como hermana mayor.
Así fue como la sirena se quedó a vivir en el faro hasta que ambos murieron como humanos. Tras la muerte, pudieron vivir por siempre en el mundo de las profundidades alumbrados por el faro, cuyo farero pasó a ser su nieto mayor.

Marisela

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